La posada de las dos brujas. Joseph Conrad
El duelo. Antón P. Chéjov
El secuestro. Quin Monzó
Quiero saber por qué. Sherwood Anderson
El negro artificial. Flannery O´Connor
La sala Número seis. Antón P. Chéjov
Los leones. Edgar Allan Poe
Una partida de ajedrez. Stefan Zweig
A la luz cambian las cosas. Medardo Fraile
Treinta hombres y sus sombras. Arturo Uslar Pietri
El licenciado vidriera. Miguel de Cervantes
Nadie decía nada. Raymond Carver
La obra maestra desconocida. Honoré de Balzac
The little black bag. Cyril M. Kornbluth (sus relatos en His share of glory)
Testimonio de un piloto. Barry Hannah
Rip Van Winkle. Whashington Irving
La historia de la vieja niñera. Elisabeth Gaskell
La carta perdida. Nikolái Gógol
La liga de los pelirojos. Arthur Conan Doyle
La corbeta Gloria Scott. Arthur Conan Doyle
Dos soldados. Geoffrey Williams Kander
martes, 8 de febrero de 2011
viernes, 4 de febrero de 2011
Domingo Cid
Sí, yo antes me peinaba, tenía las patillas igualadas y la raya al lado. Una perfecta linea curva de pelitos rodeaban mis orejas. Yo antes, claro, me peinaba con agua y con un peine rojo de púas separadas.
Ahora no sé dónde ir. Soy un hombre despeinado. Hay jóvenes sí, jóvenes calvos de tatuajes en los brazos que te cortan el pelo a máquina por 12,50, hay cuñadas, esposas, personas de buena voluntad... Pero no hay más Domingo Cid.
Mi peluquero ha muerto. "Cerrado por motivos personales". Y esa frase ha recorrido mi fantasía a diario. Imaginaba por ejemplo que mi peluquero ya era millonario, contratado por alguna Lady Gaga había triunfado. El éxito merecidísimo había llegado a su humilde peluquería. Pensaba que tenía que buscarle entonces en las sofisticadas peluquerías caninas, o de señoras, de la élite del color y del rizo definido. Pero mi peluquero, mi sueño infantil, ha muerto.
Me lo dijo el sacerdote. El sacerdote que puso nombre a su hija, Elena. A la hija de la que tanto Me hablaba Domingo y las mismas preguntas mientras recortaba mi flequillo ¿Vas bien en tren a la universidad? ¡Supongo que se sacará el curso, ella está estudiando mucho!
Me acuerdo mucho de ti cuando me miro en un espejo. Espejo de la peluquería que siempre me devolvía tu imagen canosa y peinada. EL mundo era mundo mientras tu alzases tus tijeras llamándome así para siempre: "¿Cómo te corto el pelo chavalote?
viernes, 19 de noviembre de 2010
La luz del mundo
El laboratorio crece, se borra del mapa público de las miradas que no tienen solución. Vivo al margen de los años y las estrellas aparecen en un graderío silencioso desde donde cada noche se jactan en la distancia de su oronda fulminante calidez. Su luz es la luz combada del mundo de la bóveda de la caja que guardas bajo la tierra aún fresca del tiempo que ayer ya en el recuerdo te ha cambiado toda la vida.
Tú que me estás leyendo y nunca dices nada eres toda mi esperanza.
Tú que me estás leyendo y nunca dices nada eres toda mi esperanza.
domingo, 14 de noviembre de 2010
No tan feliz 5
Tengo entradas que de dolor no desean publicarse.
Algunas entradas de este blog permanecen ocultas porque se duelen de mí.
Algunas entradas de este blog permanecen ocultas porque se duelen de mí.
lunes, 30 de agosto de 2010
Último poema
Mi último poema parte como casi todos mis poemas de una anécdota más o menos intrascendente que acaba convirtiéndose en todo un propósito de pensamiento. Un minimundo que fuerzo un poco, o me fuerza, para convertirse en la explicación de todas las cosas que me pasan.
Me pasan muchas cosas. Sobre todo me pasa que siempre pienso que no hago nada con mi vida. Sonrío y no me fijo casi nunca y debería porque no todo es siempre tan triste. Mi hija es un ser maravilloso, hay una falta de correspondencia entre la maravilla del ser humano y la crueldad del ser humano. El mundo es peligroso y estupendo. Este año quiero continuar alejado de la mediocreidad de la masa estúpida.
lunes, 24 de mayo de 2010
El diario
Aqui no hay nada. Pretextos para la literatura, sueños, tristezas, deseos, un capítulo de House, un diario sin tapas.
Aquí no hay consistencia. Mi última entrada habla del frío de Marzo y ahora es el sol, pero no puedes decirlo muy alto. Detesto el refrán Hasta el 40 de Mayo... No me toquéis los cojones. Y luego van y te lo explican ...Ya sabes el 40 de Mayo es el 10 de Junio porque un mes tiene 30 días... Coño no soy gilipollas, todos los mayos el mismo refrán y la misma tontería.
Los días vuelan como en Davos Platz. La rutina hace de la vida un mecanismo. Un movimiento circular lleno de frases hechas estúpidas. Menudo día llevo. Estoy hasta arriba. Es la primera vez que me siento en todo el día...
Estoy bastante triste y bastante ocupado. A veces leo poco y a veces leo cosas muy buenas.
Aquí no hay nada. Las musas desde luego nunca me van a pillar trabajando. Me encontrarán dando vueltas, enredando, limpiando mis herramientas, en el Mercadona, tocando un árbol, besando a mi hija, acariciando a mi mujer, con el Control.Alp.Supr, el power del mando a distancia, una escoba, Hello Kitty, Apiretal, Fairy, rosas, silla, mercurio, tierra, canas, ataúd.
sábado, 23 de enero de 2010
Gran Ford Escort
¡Ésta vida! Ahora escribo de madrugada, porque tengo un trastorno del sueño tan severo que me resulta impensable dormir de forma consecutiva más de cuatro horas. El silencio y la NBA son dos ventajas que tiene la noche. La desventaja es que yo soy una persona del día, un caballero desayunador que no tiene con quién desayunar. Saludo a la rumana que me sirve el café y me voy a la biblioteca a penar.
Pero yo no iba a esto. Yo iba a la vida, que es parecido a lo mío. Ayer la vida me regaló una película totalmente maravillosa. Hace poco ya me había regalado una pequeña joya llamada Lost in translation. Ayer vi Gran Torino.
¿La habéis visto y os habéis emocionado? Si no es así no sigas leyendo, abre otro absurdo blog y olvida éste porque no tienes ni tendrás nada que ver conmigo. Si te has emocionado cuando vengas a Madrid dímelo y quedamos para darnos un abrazo.
Podría comentar toda la película. Porque es tan maravillosa que te olvidas de los tópicos y las imperfecciones. Cierro los ojos y veo a un viejo polaco gruñón bebiendo cerveza sentado en su porche mientras sus dientes rechinan por todo lo que no le gusta. Está ansioso sin saberlo de un buen abrazo, de comunicarse, de comer al lado de otro ser humano, de ser el padre de algún atontado y decirle “mira mariquita si no invitas a Yogurt a salir, lo haré yo”. Yo comparto sus mismas ansias.
Si alguien cuenta los pájaros que hay en el árbol de mi casa, yo le regalo un cinturón de herramientas y si me invitan a croquetas, les presto mi coche para que se den una vuelta. Si alguien me quiere, yo le querré y si me abandona, me sentaré en el porche de mi casa a beber cerveza. La vida es muy sencilla, se trata de eso ¿no?
Quizá sea yo dentro de cincuenta años, es posible que no tenga que enfrentarme a una banda callejera, ni a un grupo de morenos que acosan a una jamona, pero seguro que como ahora, mis amigos serán el peluquero, el borracho del bar de abajo y el conserje del teatro. La vida no da para mucho más.
sábado, 7 de noviembre de 2009
No tan feliz 4
Hay personas que miran la hora del reloj. Otras, le dan la vuelta descubren sus engranajes y marcan el ritmo. La vida es así. Los que saben de qué va y la viven y los que solamente la contemplan y como mucho, la registran en un blog.
La educación es así. Están los que son como yo, perplejos dentro de un absurdo mundo, y están los que descubren cómo funcionan las manecillas y saben para que sirve un sobresaliente.
Nunca he sabido que era lo que tenía que hacer detrás de mi pupitre. Desde el parvulario la vida del colegio y el instituto me pareció irracional. Alguna vez probé eso de estudiar. Señalar los temas que entraban en un examen, leerlos, memorizarlos, congratularme y olvidarlo todo.
Una vez una profesora me entregó un examen con una nota de 8,75
- Arturín, si me sonríes tienes un sobresaliente.
- Bueno, pues me quedo con mi notable.
En algunas ocasiones lo pienso. ¡Joder, joder, si hubiera sonreído más ahora mismo no tendría que ser alguien que sea yo, sería alguien a secas! Un tipo a quien no le engañan las vendedoras brasileñas de seguros de accidentes, ni los agentes de la telefonía móvil.
Pero además nunca fui un chico demasiado avispado. Mi vida estaba en fuga permanente del centro educativo. En clase de matemáticas el seno al cuadrado de X era igual a la suma de las arcotangentes de los algoritmos impares. ¡Me daba igual! Yo miraba por la ventana pensando en el término “arcotangente”, lo pronunciaba despacio y me llevaba al momento en el que Ulises tensaba su arco de acero multicolor, y ya no existía la clase de matemáticas de aquel profesor espigado y tristón de pies enormes, de dibujos animados.
Era raro. En clase de literatura teníamos que leer a V. Aleixandre y yo leía a Pedro Salinas y cuando tocaba Miau de Galdós, yo leía a Aleixandre, y a Baroja siempre.
Había asignaturas que utilizaba para observar a mis compañeras. En clase de inglés yo colocaba mi silla de lado, y así, apoyado en el radiador podía observar como las chicas chupaban sus lápices, levantaban la mano o arreglaban las puntas partidas de sus melenas.
Nunca me adapté a esa especie de concurso-oposición en el que se basaba el sistema escolar. Donde a lo largo del curso sumabas puntos sonriendo y chupando las palmas abiertas de los profesores y después tenías un examen donde se empeñaban en demostrar cuál de los alumnos era el mejor institucionalizado.
Soy zurdo y mal dibujante, una especie de licenciada basura académica que ha lanzado al vacío todos sus relojes. Ya lo decían mis poemas, rumbo al oeste siempre.
Al Oeste siempre.
sábado, 24 de octubre de 2009
No tan feliz 3
Cuando yo era niño el color azul bajó una barrera de prohibido el paso, zona no acta para bañistas.
De problema en problema, de circunstancia en circunstancia. Asignatura de gimnasia. Lugar: Sala de usos múltiples. Una treintena de sillas formando un círculo alrededor del cual bailan treinta niños más uno. Una música sin gracia y repetitiva suena sin parar hasta que para y todos, niños y niñas se ríen y empujan buscando alocadamente un hueco, una minúscula silla verde donde presentar el culo para marcar la propiedad.
De problema en problema, de circunstancia en circunstancia. Asignatura de gimnasia. Lugar: Sala de usos múltiples. Una treintena de sillas formando un círculo alrededor del cual bailan treinta niños más uno. Una música sin gracia y repetitiva suena sin parar hasta que para y todos, niños y niñas se ríen y empujan buscando alocadamente un hueco, una minúscula silla verde donde presentar el culo para marcar la propiedad.
Todos pelean por el sitio menos el uno. Eran treinta para treinta y seguían peleando. Cerca de las espalderas se apilaban un montón de sillas verdes sin dueño, suficientes para todos. ¿Qué persigue la señora de la bata blanca y silbato en la boca que por aquel entonces tenía en torno a los cincuenta pero que llamábamos incorrectamente “Señorita”?.
Les jodí momentáneamente la diversión. Me habían eliminado. La señora de la bata me invitó a recoger una silla del círculo para sentarme en otra parte. Así es la vida, ahora eran treinta alumnos y veintinueve sillas.
Les jodí momentáneamente la diversión. Me habían eliminado. La señora de la bata me invitó a recoger una silla del círculo para sentarme en otra parte. Así es la vida, ahora eran treinta alumnos y veintinueve sillas.
Otro día que recuerdo fue mi primer día de natación. A las 11:00 de la mañana en la piscina que tengo debajo de mi casa. Iban todos. Iba el Juli, El dani, el Eloy, El Borja, El Jesus (que no Jesús), David….Iba yo y mi camiseta azul entallada marca Lolo. Iba yo y casi me muero donde menos cubre, fuera del agua. Era mi alma tumbada entre la tierra negra y el césped verde. No hay cielo cerca de los bordes de las piscinas, no existe el oxígeno, ni existe el color azul, sólo una barrera blanca y roja que nunca supe cruzar.
No tan feliz 2.
Eran momentos felices. Cuando yo era niño por mi pueblo pasaban trenes como el dromedario o el TALGO. Mi abuelo que era jefe de estación cogía la correspondencia del vagón y yo coleccionaba las gomas verdes que agrupaban las cartas. A principios de los 90 desaparecieron las vías del tren y la estación de mi abuelo para preparar una ancha explanada de tierra amarilla, el futuro AVE a Sevilla.
Un día paseando con Manolo le conté esta historia de mi infancia como si fuese un secreto. Le conté que yo creía que como en mi pueblo habían quitado las vías del tren, pensaba que en toda España había ocurrido lo mismo y que ya no quedaban trenes si no explanadas amarillas. Él me preguntó que a qué edad tuve esa ocurrencia.
- A los 12 ó 13 años. – Me miró y me dijo la verdad. Una verdad obvia.
- Tú eras un poco tonto de niño ¿no?
Sí joder tonto del todo, inocente e ignorante como no se ha vuelto a ver en el mundo. Un niño asustadizo y temeroso del mundo hasta el extremo. Cuando tenía 7 años no quería ir al colegio. Siempre me sentaba en la última fila y abría la ventana para que el frío disuadiese a cualquier niño de acercarse. Esa fue mi primera neumonía. Como yo no quería ir a clase, los viernes mi madre me decía que era el último día. Yo me ponía muy contento y le pedía puré de galletas con cola-cao y una cuchara grande. En medio de mi celebración ella empezaba a vestirme y yo pensaba. ¿Por qué me vestirá tan pronto si hoy no hay clase? Todos los viernes se esforzaba por hacerme entender que la palabra último no significa exactamente final, que aún queda uno más y se termina.
Mi padre los domingos me mandaba a comprar el periódico y siempre me decía tráeme el AS hijo, y yo pues nada, le traía el YA y el cada mañana dominical igual, ¡Míralo, ya me ha traído el Ya de los cojones! Y así todos los domingos que yo recuerde.
Estaba yo en mi casa viendo los caballeros del zodiaco, mi madre había salido y estaba solo. Llamaron a la puerta y abrí. Era un hombre con un mono blanco y una gorra, un chico joven que llevaba un compresor para pintar, una lata enorme de pintura y supongo que varios útiles más de pintor.
Un día paseando con Manolo le conté esta historia de mi infancia como si fuese un secreto. Le conté que yo creía que como en mi pueblo habían quitado las vías del tren, pensaba que en toda España había ocurrido lo mismo y que ya no quedaban trenes si no explanadas amarillas. Él me preguntó que a qué edad tuve esa ocurrencia.
- A los 12 ó 13 años. – Me miró y me dijo la verdad. Una verdad obvia.
- Tú eras un poco tonto de niño ¿no?
Sí joder tonto del todo, inocente e ignorante como no se ha vuelto a ver en el mundo. Un niño asustadizo y temeroso del mundo hasta el extremo. Cuando tenía 7 años no quería ir al colegio. Siempre me sentaba en la última fila y abría la ventana para que el frío disuadiese a cualquier niño de acercarse. Esa fue mi primera neumonía. Como yo no quería ir a clase, los viernes mi madre me decía que era el último día. Yo me ponía muy contento y le pedía puré de galletas con cola-cao y una cuchara grande. En medio de mi celebración ella empezaba a vestirme y yo pensaba. ¿Por qué me vestirá tan pronto si hoy no hay clase? Todos los viernes se esforzaba por hacerme entender que la palabra último no significa exactamente final, que aún queda uno más y se termina.
Mi padre los domingos me mandaba a comprar el periódico y siempre me decía tráeme el AS hijo, y yo pues nada, le traía el YA y el cada mañana dominical igual, ¡Míralo, ya me ha traído el Ya de los cojones! Y así todos los domingos que yo recuerde.
Estaba yo en mi casa viendo los caballeros del zodiaco, mi madre había salido y estaba solo. Llamaron a la puerta y abrí. Era un hombre con un mono blanco y una gorra, un chico joven que llevaba un compresor para pintar, una lata enorme de pintura y supongo que varios útiles más de pintor.
- Buenos días chico ¿Está tu madre?
- ¡No!
- Soy de Santa Lucía vengo a pintar el cuarto que da al patio interior me manda el perito. – Bueno algo así dijo. Yo no entendía nada pero le dejé pasar y le enseñé mi cuarto.
- ¡Éste es mi cuarto! –Mío y de mi hermana de 6 años. Era una habitación pequeña con dos camas, un armario, dos mesillas, unos 30 Master del universo, un poster de perros, un Baby Fever, dos estanterías llenas de barriguitas, la Nancy, mi raqueta de tenis y una gaviota.
El pintor se quedó blanco. –Pero niño ¿No te ha dicho tu madre que venía el pintor del seguro a pintar la habitación que os habían manchado?
- ¡No! –El suelo de la habitación sólo se veía por el pequeño pasillo que dividía la cama de mi hermana y la mía.
- Pues tengo que pintar esta habitación.
- ¡No!
- Soy de Santa Lucía vengo a pintar el cuarto que da al patio interior me manda el perito. – Bueno algo así dijo. Yo no entendía nada pero le dejé pasar y le enseñé mi cuarto.
- ¡Éste es mi cuarto! –Mío y de mi hermana de 6 años. Era una habitación pequeña con dos camas, un armario, dos mesillas, unos 30 Master del universo, un poster de perros, un Baby Fever, dos estanterías llenas de barriguitas, la Nancy, mi raqueta de tenis y una gaviota.
El pintor se quedó blanco. –Pero niño ¿No te ha dicho tu madre que venía el pintor del seguro a pintar la habitación que os habían manchado?
- ¡No! –El suelo de la habitación sólo se veía por el pequeño pasillo que dividía la cama de mi hermana y la mía.
- Pues tengo que pintar esta habitación.
Enseguida me puse con toda la ilusión del mundo a trasladar a Sckeletor y toda la panda al cuarto de mi madre. Las barriguitas y las nancis al cuarto de mi abuela y así con todos los juguetes, libros, colchas, ropa… El pintor me ayudo a llevar los colchones, las mesillas, descolgar las cortinas, mover el mueble al centro de la habitación. ¡Joder! en media hora la dejamos vacía y aun en menos el tío se la pintó entera. Tenía prisa y creo recordar que estaba algo cabreado. Pintó y se fue. Cuando vino me madre yo estaba fregando el suelo. Acababa de limpiar la ventana y me sentía orgulloso de todo lo que había hecho. Recuerdo que mi madre me miró despacio y después sólo dijo un par de palabras.
- ¿Qué haces? –Al final el pintor se había equivocado de portal y no tenía que pintar en mi casa y mi madre se encontró con todas las habitaciones manga por hombro y yo y mi hermana que tuvimos que dormir en el salón por el olor a pintura. La verdad, nunca he sabido hacer la pregunta oportuna.
Lo de la pregunta oportuna es bastante ocurrente en mi vida. Bueno, en ocasiones no sé que pregunta formular. Esto me ocurrió un día de siesta mientras veía la televisión. Mi padre estaba dormido en el sofá, mi madre en su cama y yo veía alguna de esas películas absurdas de la sobremesa de Telecinco. En un momento de la película interrumpieron la programación para dar paso a las noticias. El asunto era grave. Los extraterrestres nos invadían. Habían llegado a Estados Unidos y el informativo nos mostraba imágenes de su hostilidad. Recuerdo sobre todo un policía a caballo que no podía calmar su montura. Por supuesto que aquello que había visto era un reclamo publicitario de la película Independence Day, pero yo en ese momento no lo sabía, ni siquiera me planteé que aquello que había visto no fuera cierto. Apagué la tele de mi cuarto y pensé en mis abuelas, recuerdo que mientras caminaba por el pasillo de mi casa creí estar fuera de mi cuerpo elevándome. Me pesaban las piernas y estaba muy asustado. Abrí la puerta del cuarto de mi madre y me acosté a su lado, boca abajo, sin decir nada. “Mi madrecita también va a morir”. De verdad que sensación tan mala. Entonces fue cuando me hice la primera pregunta: ¿Qué estarán diciendo los demás canales del asunto? Volví a poner la tele. La Uno, la Dos, Antena 3, Telemadrid… Nada, todos seguían con sus programaciones absurdas, puse la radio y tampoco, ni siquiera en el teletexto. Llamé a Nacho para quedar con él. No sé, pero se me ocurrió contárselo por si sabía algo. Se lo expliqué todo tal y como lo he contado aquí. Lo del policía a caballo, lo de los platillos volantes, y lo del telediario.
- No sé tío estarían anunciando alguna película.
- ¡Ojalá Nacho, Ojalá sea eso! -Pensé en su inocencia y hoy pienso en la sensación de terror que tuve al sentir que iba a morir de forma inminente e inevitable.
Yo era un niño bastante enfermizo y siempre estaba en el médico. En frente de mi casa había una juguetería que se llamaba Acuario y mi madre y yo teníamos el acuerdo de cambiar un pinchazo del practicante por un juguete. En mi casa no cabían más juguetes. Pero uno de los que más ilusión me hizo fue el Agua-force. Era una mochila amarilla que se colgaba en la espalda y se conectaba a una especie de pistola de gasolinera para lanzar agua a presión. Por aquel entonces no existía nada igual. Mi madre que ya estaba harta de ver la terraza chorreando, me dijo que fuese a jugar a la calle con la pistolita. En la calle le eché una guerra de agua a un chico del barrio, tenía una pistola de agua azulita de esas chiquititas que regalaban en los tambores de detergente, pues bueno, volví totalmente empapado a casa. No sé cómo pero el chico me había acorralado entre los coches y yo no supe como llenarle la boca de agua hasta reventarlo allí mismo y él con su pistolita de 250 ml. Me dejó como una sopita. A partir de ese momento intenté convertir mi Agua-force en un aparato para cazar fantasmas como los de la película o como tiempo después haría Tristan Baker. ¿Tendría algún trauma similar al mío aquel sujeto?
Recuerdo, paseando con Manolo por la feria del libro antiguo, haber visto al tal Tristan Baker en una mesita con un letrero que decía. Profesor Tristan Baker, el de la tele… No recuerdo bien que vendía. Ahora recuerdo que ese fue el día que fuimos al café Gijón Manolo y yo juntos por primera vez. También fue el día que me dijo que yo había sido un niño un poco tonto. ¡Sí, el mismo día que el camarero del Gijón le miraba el culo a la misma tía que nosotros!
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